El Instituto del Campo Freudiano en España
Red de Formación Continuada en Clínica Psicoanalítica.
La Red de Formación Continuada en Clínica Psicoanalítica agrupa y coordina las diversas actividades de formación continuada que siguen la orientación del Instituto del Campo Freudiano en distintas ciudades de España. Su estatuto legal es el de una Unión o Federación de Asociaciones.
La enseñanza del Instituto del Campo Freudiano en España realizada en las Secciones Clínicas, Seminarios (SCF) y Espacios (ECF) se ha desarrollado desde 1984 siguiendo la orientación marcada por la enseñanza de Jacques Lacan, cuyo Seminario aseguró la formación permanente de varias generaciones de analistas. Se estudian los conceptos principales del psicoanálisis establecidos por Sigmund Freud, Jacques Lacan y Jacques-Alain Miller, que esclarecen la constitución y funcionamiento del psiquismo del ser humano (parletre) y nos orientan en la práctica clínica y en las nuevas formas del malestar contemporáneo, de acuerdo con los principios que orientaron la creación del Departamento de Psicoanálisis de la Universidad de París VIII.
Activa el work-in-progress del psicoanálisis y le sirve de incentivo en Europa y en el mundo, asegurando a la vez una cometido de enseñanza superior e investigación.
El Instituto del Campo Freudiano ha creado las Secciones Clínicas en las que se realiza la Tétrada donde a lo largo de 4 años se puede desarrollar el Cursus de las Secciones Clínicas que se sanciona con certificados y diplomas en función de los trabajos de investigación y clínicos presentados. En España los diversos recorridos de la Tétrada se pueden realizar en el Campus Clinic de Barcelona y en el NUCEP de Madrid.
Los Seminarios del Campo Freudiano son instancias de formación continuada que aseguran una enseñanza fundamental del psicoanálisis, tanto teórica como clínica, siguiendo la orientación lacaniana. En España se realizan en Andalucía, Aragón, Castilla-León, Cataluña, Galicia, Madrid, Murcia, País Vasco, Comunidad Valenciana.
El Departamento Internacional de Tesis. Es un principio del Instituto que la docencia se fundamente en un trabajo de investigación. Por ello se ha creado el Diploma de Estudios Avanzados (DEA) que certifica la realización de una Memoria de Investigación especializada y el Diploma del ICF que sanciona la Tesis del Instituto.
Prólogo de Guitancourt por Jacques-Alain Miller
15 de agosto de 1988
En ninguna parte del mundo existe Diploma de Psicoanálisis. Y no por azar o por inadvertencia, sino por razones debidas a la esencia de lo que es el psicoanálisis. No se ve cuál podría ser la prueba de captación que verificaría al psicoanalista, ya que el ejercicio del psicoanálisis es de orden privado, reservado a la confidencia que el paciente hace a un analista de lo más íntimo de su cogitación.
Admitamos que el analista responde con una operación, que es la interpretación, y que se dirige a aquello que denominamos el inconsciente. ¿Podría constituir esta operación el material para esa prueba? -dado que la interpretación no es la culminación del psicoanálisis y que cualquier crítica de textos, documentos e inscripciones, también la emplea. Pero el inconsciente freudiano sólo se constituye en la relación de palabra que ya he mencionado, no puede homologarse fuera de ella. Además, la interpretación analítica no prueba nada en sí misma, sino por los efectos, imprevisibles, que suscita en aquel que la recibe, y ello en el marco de la misma relación. No hay salida.
El resultado es que debería recibirse al analizante para que, él sólo, atestara la capacidad del, analista, si no fuera que su testimonio está falseado por el efecto de transferencia que se instala de entrada y a sus anchas y no da ningún seguro con respecto al trabajo que se ha hecho. Todo ello deja ya entrever que el único testimonio que podría recibirse sería el de un analizante postransferencia, pero que quisiera servir aun a la causa del psicoanálisis. Lo que aquí designo como el testimonio del analista es el núcleo de la enseñanza del psicoanálisis en tanto que éste responde a la pregunta de saber qué es lo que puede trasmitirse al público de una experiencia esencialmente privada.
Jacques Lacan estableció este testimonio bajo el nombre de «el pase» (1967); y dio el ideal de esa enseñanza, el mathema* (1974). De uno a otro, hay toda una gradación: el testimonio del pase, todavía sobrecargado con la particularidad del sujeto, está confinado a un círculo restringido, interno al grupo analítico; la enseñanza del mathema, que debe ser demostrativa, es para todos -y es ahí donde el psicoanálisis se encuentra con la Universidad.
La experiencia se realiza en Francia desde hace catorce años; ya se ha dado a conocer en España desde hace cuatro años a través del Seminario del Campo Freudiano; tomará desde enero próximo la forma de la Sección Clínica.
Debo dejar bien claro qué es y qué no es esta enseñanza. Es universitaria; es sistemática y gradual; la imparten responsables cualificados; se sanciona con Certificados y Diplomas. No es algo que habilite para el ejercicio del psicoanálisis. El imperativo formulado por Freud a partir de 1910, que un analista sea analizado, fue no sólo confirmado por Lacan sino radicalizado desde el momento en que un análisis no tiene otro fin propio que la producción de un analista. Añadamos que la transgresión se paga cara y en todos los casos a cuenta de aquel que la comete.
Ya sea en París, en Bruselas o en Barcelona, ya sean modalidades públicas o privadas, esta enseñanza es de orientación lacaniana. Aquellos que la reciben se definen como participantes: este término es preferible al de estudiante, para subrayar el alto grado de iniciativa que se les pide. El trabajo que ofrezcan no les será expropiado: depende de ellos.
No existe paradoja en plantear la más estricta exigencia para aquellos que se ponen a prueba en una función de enseñanza sin precedentes, ya que el saber enseñado, si obtiene su autoridad por su coherencia, sólo encuentra su verdad en el inconsciente, es decir, en un saber en el que no hay nadie para decir «yo sé». Lo que se traduce en lo siguiente: que sólo se dispensa una enseñanza en el Campo Freudiano a condición de sostenerla con una elaboración inédita, por modesta que sea.
Se empieza, tanto en España como en Bélgica. por la parte clínica de dicha enseñanza. La clínica no es una ciencia, es decir, no es un saber que se demuestre. Es un saber empírico, inseparable de la historia de las ideas. Al enseñarlo, no sólo estamos supliendo las debilidades de una psiquiatría de la que el progreso de la química ha dejado de lado a menudo su tesoro clásico; introducimos también un elemento de certeza (el matema de la histeria).
En el futuro, las presentaciones de enfermos vendrán a consolidar esta enseñanza. Más adelante, se añadirá el ámbito llamado en Francia de «Études Approfondies», cuyo resorte es la redacción de una tesis de Doctorado. De acuerdo con lo que se hizo antaño bajo la dirección de Lacan, nosotros procedemos paso a paso.
*Del griego mathema, lo que se enseña.
Principios rectores del acto analítico, por Eric Laurent
Publicado por la AMP
Preámbulo Primer principio: El psicoanálisis es una práctica de la palabra. Los dos participantes son el analista y el analizante, reunidos en presencia en la misma sesión psicoanalítica. El analizante habla de lo que le trae, su sufrimiento, su síntoma. Este síntoma está articulado a la materialidad del inconsciente; está hecho de cosas dichas al sujeto que le hicieron mal y de cosas imposibles de decir que le hacen sufrir. El analista puntúa los decires del analizante y le permite componer el tejido de su inconsciente. Los poderes del lenguaje y los efectos de verdad que este permite, lo que se llama la interpretación, constituyen el poder mismo del inconsciente. La interpretación se manifiesta tanto del lado del psicoanalizante como del lado del psicoanalista. Sin embargo, el uno y el otro no tienen la misma relación con el inconsciente pues uno ya hizo la experiencia hasta su término y el otro no. Segundo principio: La sesión psicoanalítica es un lugar donde pueden aflojarse las identificaciones más estables, a las cuales el sujeto está fijado. El psicoanalista autoriza a tomar distancia de los hábitos, de las normas, de las reglas a las que el psicoanalizante se somete fuera de la sesión. Autoriza también un cuestionamiento radical de los fundamentos de la identidad de cada uno. Puede atemperar la radicalidad de este cuestionamiento teniendo en cuenta la particularidad clínica del sujeto que se dirige a él. No tiene en cuenta nada más. Esto es lo que define la particularidad del lugar del psicoanalista, aquel que sostiene el cuestionamiento, la abertura, el enigma, en el sujeto que viene a su encuentro. Por lo tanto, el psicoanalista no se identifica con ninguno de los roles que quiere hacerle jugar su interlocutor, ni a ningún magisterio o ideal presente en la civilización. En ese sentido, el analista es aquel que no es asignable a ningún lugar que no sea el de la pregunta sobre el deseo. Tercer principio: El analizante se dirige al analista. Pone en el analista sentimientos, creencias, expectativas en respuesta a lo que él dice, y desea actuar sobre las creencias y expectativas que él mismo anticipa. El desciframiento del sentido no es lo único que está en juego en los intercambios entre analizante y analista. Está también el objetivo de aquel que habla. Se trata de recuperar junto a ese interlocutor algo perdido. Esta recuperación del objeto es la llave del mito freudiano de la pulsión. Es ella la que funda la transferencia que anuda a los dos participantes. La formula de Lacan según la cual el sujeto recibe del Otro su propio mensaje invertido incluye tanto el desciframiento como la voluntad de actuar sobre aquel a quien uno se dirige. En última instancia, cuando el analizante habla, quiere encontrar en el Otro, más allá del sentido de lo que dice, a la pareja de sus expectativas, de sus creencias y deseos. Su objetivo es encontrar a la pareja de su fantasma. El psicoanalista, aclarado por la experiencia analítica sobre la naturaleza de su propio fantasma, lo tiene en cuenta y se abstiene de actuar en nombre de ese fantasma. Cuarto principio: El lazo de la transferencia supone un lugar, el «lugar del Otro», como dice Lacan, que no está regulado por ningún otro particular. Este lugar es aquel donde el inconsciente puede manifestarse en el decir con la mayor libertad y, por lo tanto, donde aparecen los engaños y las dificultades. Es también el lugar donde las figuras de la pareja del fantasma pueden desplegarse por medio de los más complejos juegos de espejos. Por ello, la sesión analítica no soporta ni un tercero ni su mirada desde el exterior del proceso mismo que está en juego. El tercero queda reducido a ese lugar del Otro. Este principio excluye, por lo tanto, la intervención de terceros autoritarios que quieran asignar un lugar a cada uno y un objetivo previamente establecido del tratamiento psicoanalítico. El tercero evaluador se inscribe en esta serie de los terceros, cuya autoridad sólo se afirma por fuera de lo que está en juego entre el analizante, el analista y el inconsciente. Quinto principio: No existe una cura estándar ni un protocolo general que regiría la cura psicoanalítica. Freud tomó la metáfora del ajedrez para indicar que sólo había reglas o para el inicio o para el final de la partida. Ciertamente, después de Freud, los algoritmos que permiten formalizar el ajedrez han acrecentado su poder. Ligados al poder del cálculo del ordenador, ahora permiten a una máquina ganar a un jugador humano. Pero esto no cambia el hecho de que el psicoanálisis, al contrario que el ajedrez, no puede presentarse bajo la forma algorítmica. Esto lo vemos en Freud mismo que transmitió el psicoanálisis con la ayuda de casos particulares: El Hombre de las ratas, Dora, el pequeño Hans, etc. A partir del Hombre de los lobos, el relato de la cura entró en crisis. Freud ya no podía sostener en la unidad de un relato la complejidad de los procesos en juego. Lejos de poder reducirse a un protocolo técnico, la experiencia del psicoanálisis sólo tiene una regularidad, la de la originalidad del escenario en el cual se manifiesta la singularidad subjetiva. Por lo tanto, el psicoanálisis no es una técnica, sino un discurso que anima a cada uno a producir su singularidad, su excepción. Sexto principio: La duración de la cura y el desarrollo de las sesiones no pueden ser estandarizadas. Las curas de Freud tuvieron duraciones muy variables. Hubo curas de sólo una sesión, como el psicoanálisis de Gustav Mahler. También hubo curas de cuatro meses como la del pequeño Hans o de un año como la del Hombre de las ratas y también de varios años como la del Hombre de los lobos. Después, la distancia y la diversificación no han cesado de aumentar. Además, la aplicación del psicoanálisis más allá de la consulta privada, en los dispositivos de atención, ha contribuido a la variedad en la duración de la cura psicoanalítica. La variedad de casos clínicos y de edades en las que el psicoanálisis ha sido aplicado permite considerar que ahora, en el mejor de los casos, la duración de la cura se define «a medida». Una cura se prolonga hasta que el analizante esté lo suficientemente satisfecho de la experiencia que ha hecho como para dejar al analista. Lo que se persigue no es la aplicación de una norma sino al acuerdo del sujeto consigo mismo. Séptimo principio: El psicoanálisis no puede determinar su objetivo y su fin en términos de adaptación de la singularidad del sujeto a normas, a reglas, a determinaciones estandarizadas de la realidad. El descubrimiento del psicoanálisis es, en primer lugar, el de la impotencia del sujeto para llegar a la plena satisfacción sexual. Esta impotencia es designada con el término de castración. Más allá de esto, el psicoanálisis con Lacan, formula la imposibilidad de que exista una norma de la relación entre los sexos. Si no hay satisfacción plena y si no existe una norma, le queda a cada uno inventar una solución particular que se apoya en su síntoma. La solución de cada uno puede ser más o menos típica, puede estar más o menos sostenida en la tradición y en las reglas comunes. Sin embargo, puede también remitir a la ruptura o a una cierta clandestinidad. Todo esto no quita que, en el fondo, la relación entre los sexos no tiene una solución que pueda ser «para todos». En ese sentido, está marcada por el sello de lo incurable, y siempre se mostrará defectuosa. El sexo, en el ser hablante, remite al «no todo». Octavo principio: La formación del psicoanalista no puede reducirse a las normas de formación de la universidad o a las de la evaluación de lo adquirido por la práctica. La formación analítica, desde que fue establecida como discurso, reposa en un trípode: seminarios de formación teórica para universitarios, la prosecución por el candidato psicoanalista de un psicoanálisis hasta el final, de ahí los efectos de formación, la transmisión pragmática de la práctica en las supervisiones, conversaciones entre pares sobre la práctica. Durante un tiempo, Freud creyó que era posible determinar una identidad del psicoanalista. El éxito mismo del psicoanálisis, su internacionalización, las múltiples generaciones que se han ido sucediendo desde hace un siglo, han mostrado que esa definición de una identidad del psicoanalista era una ilusión. La definición del psicoanalista incluye la variación de esta identidad. La definición es la variación misma. La definición del psicoanalista no es un ideal, incluye la historia misma del psicoanálisis y de lo que se ha llamado psicoanalista en distintos contextos de discurso. La nominación del psicoanalista incluye componentes contradictorios. Hace falta una formación académica, universitaria o equivalente, que conlleva el cotejo general de los grados. Hace falta una experiencia clínica que se trasmite en su particularidad bajo el control de los pares. Hace falta la experiencia radicalmente singular de la cura. Los niveles de lo general, de lo particular y de lo singular son heterogéneos. La historia del movimiento psicoanalítico es la de las discordias y la de las interpretaciones de esa heterogeneidad. Forma parte, ella también, de la gran Conversación del psicoanálisis, que permite decir quién es psicoanalista. Este decir se efectúa en procedimientos que tienen lugar en esas comunidades que son las instituciones analíticas. El psicoanalista nunca está solo, sino que depende, como en el chiste, de un Otro que le reconozca. Este Otro no puede reducirse a un Otro normativizado, autoritario, reglamentario, estandarizado. El psicoanalista es aquel que afirma haber obtenido de la experiencia aquello que podía esperar de ella y, por lo tanto, afirma haber franqueado un «pase», como lo nombró Lacan. El “pase” testimonia del franqueamiento de sus impases. La interlocución con la cual quiere obtener el acuerdo sobre ese atravesamiento, se hace en dispositivos institucionales. Más profundamente, ella se inscribe en la gran Conversación del psicoanálisis con la civilización. El psicoanalista no es autista. El psicoanalista no cesa de dirigirse al interlocutor benevolente, a la opinión ilustrada, a la que anhela conmover y tocar en favor de la causa analítica. Traducción: Carmen Cuñat.
Durante el Congreso de la AMP en Comandatuba, en el 2004, la Delegada General presentó una «Declaración de principios» ante la Asamblea General. Luego los Consejos de las Escuelas hicieron llegar los resultados de sus lecturas, de sus observaciones y señalamientos. Después de ese trabajo, presentamos ahora, ante la Asamblea, estos Principios que les pedimos adopten.
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